03/04/2026
SERMÓN: LAS SIETE PALABRAS - EL TESTAMENTO DE LA CRUZ
Ebenezer Vicet Amoros Th.D
TEXTO BASE: Lucas 23:34, 43; Juan 19:26-27, 28, 30; Mateo 27:46; Lucas 23:46
¿Saben qué es lo primero que hace la policía cuando encuentra el teléfono de una persona desaparecida? Revisa las últimas conversaciones. Los últimos mensajes. Las últimas llamadas. Porque ahí, en lo último, suele estar la clave de todo.
¿Saben qué es lo que más se pelea en los juzgados después de que alguien muere? El testamento. Porque lo último que alguien escribió, lo último que alguien dijo, tiene peso legal. Puede cambiar quién recibe qué, quién hereda qué, quién se queda con qué.
Las últimas palabras importan. No se dicen por casualidad. No se desperdician en trivialidades. Cuando alguien sabe que va a morir, no dice: "Oye, ¿vas a ver el partido de fútbol?" o "¿a cómo está el dólar?". No. Habla de lo que realmente importa. He leído últimas palabras de condenados a muerte. Algunos piden perdón. Otros maldicen. Algunos declaran su inocencia. Otros confiesan lo que nunca confesaron. Pero todos, todos, dicen algo que revela lo que realmente llevan dentro. Porque las últimas palabras son las que quedan. Son el legado. Son la firma de una vida.
Jesús dijo muchas cosas en su vida. Enseñó en montañas, predicó en sinagogas, conversó junto a pozos, respondió a fariseos. Hizo tantas cosas que Juan dice: "Si se escribieran una por una, pienso que ni aun en el mundo cabrían los libros que se escribirían" (Juan 21:25). Pero cuando llegó el momento de morir, cuando colgaba de una cruz, cuando le quedaban horas, dijo siete frases. Siete. Y la iglesia las ha guardado como tesoro durante miles de años. Porque son sus últimas palabras. Son su testamento. Son lo que consideró más importante decir antes de partir.
Hoy vamos a caminar por esas siete palabras. No como datos históricos. Como palabras vivas. Como palabras que todavía tienen poder para transformar vidas. Y quiero que mientras las escuchas, te preguntes: ¿Qué estoy diciendo yo con mi vida? Porque al final, no importará tanto lo que dijiste, sino si tus palabras se parecían a las suyas.
Lucas 23:34 - "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen".
La primera palabra de Jesús en la cruz es una oración. Pero no por sí mismo. Por otros. Miren quiénes son esos "otros": los soldados que lo clavaron, los líderes que lo condenaron, la multitud que se burlaba. Gente que no tenía idea de lo que realmente estaba pasando. Gente que creía estar matando a un blasfemo, cuando en realidad estaban crucificando al Hijo de Dios.
Y Jesús dice: "Padre, perdónalos". No espera a que se arrepientan. No pone condiciones. No dice: "Padre, perdónalos si después piden perdón". Dice: "Padre, perdónalos". El perdón ya está disponible. Ya está ofrecido. Ya está sobre la mesa.
¿Por qué? "Porque no saben lo que hacen".
Esto no es una excusa moral. Es una declaración teológica profunda. No sabían que estaban matando al Mesías. No sabían que esa cruz era el centro de la historia. No sabían que su maldad estaba siendo usada por Dios para el mayor bien de todos los tiempos.
Pablo lo explica: "Ninguno de los príncipes de este siglo conoció esta sabiduría; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria" (1 Corintios 2:8).
Y aquí viene lo hermoso: ese perdón no se quedó en la cruz. Días después, Pedro predicó a la misma multitud que había gritado "¡Crucifícale!" y les dijo: "Arrepentíos... para perdón de sus pecados" (Hechos 2:38). Y tres mil personas se arrepintieron.
La bondad de Dios, mostrada en ese perdón anticipado, los guió al arrepentimiento (Romanos 2:4). El perdón ya estaba dado. Ellos solo tuvieron que recibirlo.
Esta es la primera palabra: el perdón ya está disponible. No tienes que ganarlo. Solo recibirlo. Pero el perdón no es lo único que Jesús nos da desde la cruz. La segunda palabra nos muestra algo que parece escandaloso: que la salvación no depende de nuestro currículum religioso.
Lucas 23:43 - "De cierto te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso".
Un ladrón. Eso era el que estaba al lado de Jesús. Un delincuente. Un hombre que seguramente había robado, herido, tal vez matado. No tenía nada que presentar. Miren su currículum:
¿Años de convertido? Minutos.
¿Oración de fe? Nunca la hizo.
¿Asistencia a la iglesia? Cero.
¿Bautismo Trinitario? Ni siquiera sabía qué era eso.
¿Ministerios? Delincuente, no pastor.
· ¿Diezmos? No tenía ni ropa.
¿Doctrinas claras? Ni idea de las 5 Solas.
Pero en un momento, miró a Jesús y dijo: "Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino".
Y Jesús le respondió: "Estarás conmigo en el paraíso".
¿Qué hizo ese hombre para merecer eso? Nada. Solo reconoció a Jesús. Solo confió. Solo pidió.
Y esto es escandaloso. Porque nosotros hemos construido sistemas religiosos llenos de requisitos. Tienes que hacer esta oración exacta. Tienes que pasar por este curso. Tienes que ser bautizado de esta manera. Tienes que pertenecer a esta denominación. Tienes que vestir así. Tienes que hablar así.
Y el ladrón no hizo nada de eso. Y se fue al paraíso.
Jesús no le dijo: "Repite conmigo". No le dijo: "Anda, bautízate primero". No le dijo: "Espera, tengo que verificar si estás en la membresía". Le dijo: "Estarás conmigo".
La salvación no es por obras. Es por gracia. Y esa gracia se recibe por fe.
Miren el contraste con Mateo 7. Allí, gente con un impresionante currículum religioso se acerca a Jesús: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y Jesús responde: "Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad".
Ellos hicieron mucho. El ladrón no hizo nada. Pero Jesús conoció al ladrón, y no los conoció a ellos. ¿La diferencia? El ladrón reconoció quién era Jesús. Los otros usaron su nombre para sus propias cosas, pero no lo conocían realmente.
Esta es la segunda palabra: no importa tu currículum. Importa a quién conoces. Pero hay más. Después de asegurar el perdón y la salvación, Jesús hace algo que parece un detalle menor, pero que es fundacional. Mira a su madre y a su amigo, y los une para siempre.
Juan 19:26-27 - "Mujer, ahí tienes a tu hijo. [...] Ahí tienes a tu madre".
En medio de su agonía, Jesús mira a su madre. María está allí, al pie de la cruz. Su corazón está destrozado. Ninguna madre debería ver morir a su hijo. Y además, hay un problema práctico: ella es probablemente viuda. José ya no se menciona. ¿Quién la cuidará?
Jesús mira a Juan, el discípulo amado, el único que no huyó. Y dice:
A María: "Mujer, ahí tienes a tu hijo".
A Juan: "Ahí tienes a tu madre".
Y desde esa hora, Juan la recibió en su casa.
¿Qué está haciendo Jesús?
No es solo un acto de caridad filial. Es un acto fundacional. Está creando una nueva familia. Una familia que no nace de la sangre, sino de la cruz. María no era la madre biológica de Juan. Juan no era hijo de María. Pero desde ese momento, él la recibe como madre. Ella lo recibe como hijo.
Jesús había enseñado esto antes: "Cualquiera que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mateo 12:50).
En la cruz, esa enseñanza se vuelve realidad. La Iglesia nace como familia.
Esta es la tercera palabra: en la cruz, Jesús no solo nos dio perdón; nos dio hermanos. Pero después de ocuparse de los demás, de asegurar la salvación del ladrón y el futuro de su madre, Jesús entra en el momento más oscuro. La cuarta palabra es un grito que ha resonado por siglos.
Mateo 27:46 - "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"
Esta es la palabra más desgarradora. La única que se conservó en arameo: "Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?".
Durante tres horas, hubo oscuridad sobre la tierra. Y en esa oscuridad, Jesús grita.
Pero atención: Jesús está citando el Salmo 22. No es un grito de desesperación sin esperanza. Es un judío piadoso citando las Escrituras. Y cuando un judío citaba el comienzo de un salmo, evocaba todo el salmo. El Salmo 22 empieza con "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" Pero no termina ahí. Sigue describiendo el sufrimiento del justo: huesos descoyuntados, manos y pies horadados, vestiduras repartidas. Y luego, en el versículo 22, el tono cambia: "Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré". Y termina con victoria: "Porque de Jehová es el reino... Vendrán y anunciarán su justicia a pueblo por nacer, que él hizo esto". Es un salmo que va del lamento a la alabanza. Del sentimiento de abandono a la victoria.
Jesús, al citar el verso 1, está diciendo: "Este soy yo. Este es el justo sufriente. Y así como el salmo termina en victoria, así terminará mi historia".
Pero eso no quita que el grito sea real. Jesús experimentó la separación. Cargó con el pecado del mundo. Y en ese momento, la comunión con el Padre se sintió lejana de una manera que nosotros no podemos comprender.
¿Por qué es importante?
Porque nos da permiso para gritar. Antes de Jesús, quizás pensaríamos que un creyente no puede quejarse. Que debe sonreír siempre y decir "todo bien" aunque por dentro se esté muriendo. Pero Jesús gritó. Gritó su dolor. Gritó su abandono. Gritó su pregunta. Y con ese grito, nos dio permiso para gritar también.
Puedes decirle a Dios: "¿Dónde estás? ¿Por qué no respondes? ¿Por qué permitiste esto?". Él no se ofende. Él entiende. Su Hijo también gritó.
Esta es la cuarta palabra: en tus días de oscuridad, puedes gritar. Porque Él gritó primero. Pero después del grito, después de la oscuridad, Jesús dice algo que parece humano, demasiado humano. Y sin embargo, tiene una profundidad que a menudo pasamos por alto.
Juan 19:28 - "Tengo sed".
Parece la palabra más simple. La más humana. Un hombre sediento pide agua. Pero Juan, el teólogo, el que escribe con precisión quirúrgica, añade un detalle crucial: "sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, dijo, PARA QUE LA ESCRITURA SE CUMPLIESE: Tengo sed". Jesús no dijo "tengo sed" solo porque tenía sed. La tenía, sí. Pero la dijo para cumplir la Escritura. Para cumplir el Salmo 69:21: "En mi sed me dieron a beber vinagre".
Esto es asombroso. Jesús, en la cruz, con el cuerpo destrozado, con la garganta seca, con la muerte a minutos, está consciente de que hasta el último detalle debe cumplir lo que está escrito. Nada escapa a su control. Nada escapa al plan de Dios. Y en ese momento, le ofrecen vinagre. Una bebida agria, barata, que no sacia. El cumplimiento exacto de la profecía.
¿Qué nos dice esto?
Que Dios no pierde detalle. Que hasta el vinagre que le dieron a Jesús estaba en el plan. Que si Él controló eso, controla también los detalles de tu vida.
Cuando estés pasando por pruebas, cuando las cosas no salgan como esperabas, cuando sientas que todo está fuera de control, recuerda: "Tengo sed" fue dicha para que la Escritura se cumpliese. Nada de lo que estás viviendo escapa al plan de Dios. Puede que no entiendas ahora, pero está escrito. Está en sus manos.
Esta es la quinta palabra: en medio de tu sed, en medio de tu prueba, recuerda que todo está en el plan. Hasta el vinagre. Y después de cumplir hasta el último detalle, después de beber el vinagre, Jesús dice la palabra más importante de todas. La que lo resume todo.
Juan 19:30 - "Consumado es".
Una palabra en griego: Tetelestai. En el mundo antiguo, esta palabra aparecía en recibos de impuestos, en certificados de libertad, en documentos de fin de deuda. Cuando alguien pagaba lo que debía, el recibo decía: "Tetelestai". Pagado en su totalidad. No queda nada pendiente.
Cuando un esclavo era liberado, su carta de libertad decía: "Tetelestai". Ya no es esclavo. Es libre.
Cuando un sacrificio se completaba en el templo, el sacerdote declaraba: "Tetelestai". La obra está hecha.
Y ahora, desde la cruz, Jesús toma esa palabra y la llena de significado eterno.
No está diciendo "estoy agotado". No está diciendo "se acabó" como quien se rinde. Está diciendo "la obra está completa", "la deuda está pagada", "el sacrificio terminó".
Todo lo que el Antiguo Testamento había profetizado, todo lo que los sacrificios habían anticipado, todo lo que la ley había exigido, se cumplió en ese momento.
No hay más corderos que ofrecer.
No hay más sangre que derramar.
No hay más penitencias que hacer.
No hay más obras que añadir.
Tetelestai.
Y sin embargo, los seres humanos hemos pasado dos mil años añadiendo cosas. Añadimos reglas, requisitos, tradiciones, denominaciones, experiencias, como si la cruz no hubiera sido suficiente. Pero si añades algo, estás diciendo que la obra de Jesús fue incompleta. Y eso es un insulto al sacrificio del Hijo de Dios.
Esta es la sexta palabra: ya está. No falta nada. No puedes añadir nada. Solo recibir. Y después de decir que todo está consumado, después de pagar la deuda, Jesús hace lo más hermoso: se entrega confiadamente en las manos del Padre.
Lucas 23:46 - "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu".
La última palabra. El último suspiro. La última oración. Jesús cita el Salmo 31:5. David, mil años antes, había escrito: "En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Jehová".
Y ahora, Jesús hace esas palabras suyas. En el momento final, cuando la muerte está a punto de llevarlo, se entrega confiadamente en las manos del Padre.
Noten el contraste: En la cuarta palabra, gritó "¿por qué me has abandonado?". Allí experimentó la separación. Allí cargó con el pecado. Pero ahora, después de que la obra está consumada, la comunión se restaura. Y vuelve a llamarlo "Padre". Y se entrega.
No muere maldiciendo. No muere desesperado. Muere orando. Muere confiando. Muere en los brazos de su Padre.
¿Saben lo que esto significa?
Significa que la muerte, para un creyente, no es algo que hay que temer. Es algo que hay que entregar. No es un enemigo que nos vence. Es un umbral que cruzamos de la mano de Jesús.
Esteban, el primer mártir, aprendió esta lección. Mientras lo apedreaban, dijo: "Señor Jesús, recibe mi espíritu" (Hechos 7:59). Millones de cristianos han repetido esta oración en sus lechos de muerte.
Esta es la séptima palabra: puedes soltar. Puedes confiar. Porque las manos donde caes son las manos del Padre. Esto es lo que Jesús dijo antes de morir. Siete frases. Siete declaraciones. Siete regalos.
El perdón ya está disponible. No tienes que ganarlo. Solo recibirlo.
No importa tu currículum. Importa a quién conoces.
En la cruz, no solo recibiste perdón. Recibiste una familia.
En tus días de oscuridad, puedes gritar. Porque Él gritó primero.
En medio de tu sed, recuerda que todo está en el plan. Hasta el vinagre.
Ya está todo hecho. No falta nada. No puedes añadir nada. Solo recibir.
Puedes soltar. Puedes confiar. Porque las manos donde caes son las manos del Padre.
Este es su testamento. Y los testamentos no se escriben para que queden guardados en una caja fuerte. Se escriben para ser ejecutados. Para que los herederos reciban lo que les corresponde. Y tú eres heredero. Por la fe en Él, todo esto es tuyo.
Si nunca has recibido a Cristo, hoy puedes hacerlo. No necesitas hacer nada. Solo recibir. Como el ladrón. Como los que crucificaron y después se arrepintieron. Como millones a través de la historia. El perdón ya está disponible. La puerta está abierta. Solo tienes que entrar.
Y si ya eres suyo, hoy puedes vivir desde estas palabras. Perdonando como fuiste perdonado. Confiando como Él confió. Soltando como Él soltó. Descansando en que todo está consumado. Las últimas palabras de Jesús no fueron dichas para ser recordadas solamente. Fueron dichas para ser vividas.
🙏🏾"Señor Jesús, gracias por tus últimas palabras. Gracias porque no las desperdiciaste en trivialidades, sino que nos dejaste un testamento de amor, perdón, gracia, familia, humanidad, pago completo y confianza. Hoy recibimos cada una de esas palabras. Las recibimos como herencia. Las recibimos como vida. Y te pedimos: ayúdanos a vivirlas. A perdonar como perdonaste. A confiar como confiaste. A soltar como soltaste. A descansar en tu obra consumada. Y si hay alguien aquí que nunca ha recibido este testamento, que lo reciba hoy. Que entre por la puerta que abriste. Que reciba el perdón que ofreciste. Que pueda decir, como el ladrón: "Jesús, acuérdate de mí".
En tu nombre, Amén" 🙏🏾